domingo, 25 de octubre de 2015

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jueves, 15 de octubre de 2015

LA METÁFORA DEL AUTOBÚS



En la vida vamos conduciendo un autobús por la carretera que lleva hacia nuestras metas y objetivos en la dirección que nos marcan nuestros valores. Llevamos con nosotros en el autobús pasajeros, que son nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. Muchos de ellos nos ayudan en nuestro camino. Algunos de estos pasajeros nos incomodan prediciéndonos catástrofes que nos pueden ocurrir. Cuando lo hacen, se lanzan sobre nosotros, se enganchan en nuestras entrañas mientras conducimos mientras nos dicen cosas como: “sintiéndote como te sientes”, “si sigues ese camino vas a sufrir mucho”, “te vas a estrellar”, “vas a tener un accidente”, “te vas a morir”, “te vas a volver loco”, “se van a reír de ti”, “te vas a quedar solo”, “te van  a despedir”, no vas a llegar nunca”. Y además nos dicen lo que tenemos que hacer para evitarlo: “tuerce ya”, “haz lo que sea para evitarlo”, “no sigas el camino que tanto deseas porque va a ser un desastre”, “¡no lo hagas!”, “¡para!”. A veces solamente oímos la catástrofe y otras veces solamente el consejo; pero siempre están diciéndolas dos cosas. Tenemos varias alternativas de comportamiento en esa situación. Una de las alternativas que tenemos es hacerles caso. Otra: la solución a los pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones que nos quieren llevar en dirección contraria a nuestros objetivos, intereses y valores es la ACEPTACIÓN. La ACEPTACIÓN consiste en escuchar su amenaza pacientemente, sin discutir con él, aceptando que puede ocurrir la catástrofe que nos predice, aunque realmente nos dé mucho miedo y nos sintamos fatal; y sintiéndonos como nos sintamos, no hacerle caso en el consejo que nos da, no llevando a cabo las acciones que nos propone para evitar la catástrofe, es decir, seguir adelante y arriesgarnos a encontrar el desastre. No podemos dejar de escucharle porque chilla mucho ni de sentir la sensación que nos causa, aceptando todo eso, se trata de seguir conduciendo por la carretera por la que queremos ir. De esta forma seguiremos el rumbo que hemos elegido en la vida y la desgracia que nos han predicho, y las emociones y sensaciones que sentimos tendrán un sentido.

ASERTIVIDAD


Definiremos la conducta Asertiva como la “capacidad de defender nuestros derechos personales y, además, como la expresión directa y apropiada de aquello que creemos, sentimos, teniendo también en cuenta los derechos de los demás”. El primer paso, pues para obrar de un modo asertivo, es reconocer cuáles son los derechos fundamentales de todos, por el simple hecho de ser humanos y estar vivos, tenemos en igual medida.

Recuerda que tanto la persona pasiva como la agresiva suelen dividir a la humanidad en dos categorías diferentes: “los otros y yo”. En el caso de la personalidad inhibida, serán los demás quienes tengan más derechos que uno mismo; el individuo pasivo considera que los demás son siempre más importantes que uno mismo, que valen más como seres humano y, por lo tanto, todos deben hacer prevalecer los derechos, deseos y preferencias ajenos sobre los propios. En el caso de la persona que actúa habitualmente con un estilo agresivo, ocurre lo contrario: piensa que él está por encima de los demás, y que sólo sus derechos y opiniones deben ser respetados.

Pero lo importante es reconocer, tanto en un caso como en el otro, que es siempre uno mismo quien otorga esos derechos a sí mismo o a los demás. Es decir, no es que nazcan seres humanos de primera o de segunda categoría, sino que cada persona tiene la libertad y la facultad de otorgarse esos privilegios a los que todos los humanos tenemos derecho, o bien de renunciar a ellos. Aquí no hay mandatos divinos ni Reales Decretos publicados acerca de quiénes tienen o no derechos asertivos, sino que la opción es personal.
Aceptar los propios derechos asertivos no significa convertirse en un egoísta que piensa sólo en sí mismo, volviéndose insensible a las necesidades de los demás; más bien significa ponerse en situación de igualdad con los otros, en vez de situarlos a ellos por encima de uno o colocarse a uno por encima de los demás. Cuando se actúa de manera asertiva, se expresa lo que uno es en realidad, sin menosprecio de otros.
Los principales derechos asertivos
Veamos brevemente cuáles son los principales derechos a los que todos los seres humanos somos acreedores:

I. TODOS TENEMOS DERECHO A DECIDIR NUESTROS PROPIOS VALORES Y ESTILO DE VIDA. En una palabra, tenemos derecho a ser nosotros mismos según nuestra particular definición y a sentirnos bien con nuestro estilo de conducta, mientras no dañemos a los demás. Subrayo la palabra “dañar”, porque en principio había pensado escribir “molestar”, pero, después de pensarlo un rato, me doy cuenta de que muchas molestias a los demás no dependen de uno mismo, sino precisamente de los demás. Por ejemplo, un pelo largo, una barba descuidada, un pendiente en una oreja masculina, el hecho de definirse como homosexual o al vestir de manera poco convencional, son situaciones “per se” no pueden molestar a nadie. Si alguien se siente molesto por estas cosas, será a consecuencia de sus propios diálogos internos; es decir, no será problema suyo, más de quien exhibe estos comportamientos. Otra cosa distinta sería manifestar una conducta no ya sólo poco convencional, sino manifiestamente provocativa, insultante o agresiva.

II. TENEMOS DERECHO A SER TRATADOS CON RESPETO Y PROMOVER NUESTRA DIGNIDAD. Por vendedores, profesores funcionarios, jefes, médicos, policías…Dado que, como personas, todos somos iguales, también todos tenemos derecho a que se respete nuestra dignidad humana. La contrapartida evidente de éste derecho es que también nosotros debemos tratar con respeto a todos los demás, incluyendo subordinados, camareros, dependientes, hijos…

III. TENEMOS DERECHO A DECIR “NO” SIN SENTIMIENTOS CULPABLES. A todos nos inculcaron en la infancia la idea de que debemos de, a toda costa, evitar caer en el egoísmo, lo cual, ciertamente, es una idea muy sana psíquicamente, ya que la capacidad de dar a los demás (amor, ayuda, etc.) es uno de los mejores indicadores de equilibrio personal. Sin embargo, muchas personas han llevado esta idea mucho más allá de todo límite razonable, considerando que, a menos que antepongan a los demás sobre ellos mismos, deberán ser considerados como egoístas y malvados. Muchos buenos cristianos están desvirtuando la frase evangélica “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, convirtiéndola en “Amarás a tu prójimo más que a ti mismo”; lo cual sólo puede conducir, a la larga, al resentimiento, ya que colocar continuamente lo que queremos por debajo de los deseos de los demás es frustrante. En definitiva, tener en cuenta a los otros no significa que debamos anteponerlos a nosotros; nuestros deseos no valen menos que el de los demás. No es sano psicológicamente lastimarnos a nosotros mismos, reprimiendo aquello que queremos, por temor a molestar a los demás.

IV. TENEMOS DERECHO A SENTIR Y EXPRESAR NUESTROS SENTIMIENTOS. La madre de un drogadicto, angustiada por la conducta que se desarrollaba entre continuos chantajes, detecciones, ingresos en centros de desintoxicación, expectación y angustia ante los resultados de las diversas pruebas de SIDA, etc., me confesaba, al borde de la depresión, que algunas veces había llegado a desear la muerte de su hijo.
Otra madre se sentía culpable porque, ante la marcha de su hijo, próximo a casarse, experimentaba cierta alegría al empezar a planificar, junto con su marido, viajes y actividades que hasta la fecha no había tenido ocasión de realizar.
Sentimientos “absurdos” como los celos por ver a nuestra pareja interesándose por la vida de otra persona, el enfado explosivo por cualquier nimiedad, la alegría solapada de comprobar que algún “chico listo” ha fallado también en donde nosotros habíamos fracasado, nos llevan muchas veces a pensar que “no deberíamos sentirnos de ese modo”, lo cual, a su vez, nos induce a sentirnos culpables por experimentar los sentimientos que tenemos.
Pero todos los seres humanos funcionamos más o menos igual. Cualquier cosa que podamos sentir, por el hecho de pertenecernos, es, en principio, aceptable. Otra cosa es que nos esforcemos por situar nuestras emociones en su justa proporción. Pero siempre será más lógico aceptar el derecho a experimentar los propios sentimientos que sentirse culpable de ellos.
Lo mismo ocurre con el derecho a expresar aquello que sentimos. Nos será muy útil hacerlo si con ello podemos obtener un cambio positivo en la conducta de los demás, o simplemente si de esa forma nos desahogamos. Pero esto no quiere decir, desde luego, que debamos mostrar continuamente nuestro mundo interior en todo momento y a toda persona; también tenemos derecho a elegir cuándo y con quién compartir nuestras emociones.

V. DERECHO A DETENERNOS Y PENSAR ANTES DE ACTUAR. Por más que las circunstancias o los otros nos presionen para que tomemos una determinación, nosotros, en definitiva, debemos mantenerse el control final de nuestras decisiones y nuestros actos, tomándonos el tiempo necesario antes de actuar en cualquier sentido. De este modo, llegaremos a ser más efectivo, más responsables y, probablemente, cometeremos muchos menos errores que si tomamos decisiones precipitadas.

VI. TENEMOS DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN. Evidentemente, todas las personas tienen derecho a formarse su propia opinión sobre cualquier tema o asunto y a expresarla sin ofender intencionalmente a otros; pero, además, teniendo en cuenta la realidad cambiante de nuestro mundo y el hecho de que una opinión determinada puede estar basada en una serie incompleta de datos, ocurre a veces que, cuando se dispone de nueva información de la que antes se carecía, es aconsejable cambiar de opinión. 
Muchas gente ha cambiado sus puntos de vista en temas tales como: el divorcio; algunos políticos conocidos han cambiado de militancia con respecto a su partido. El ser “hombre de una sola palabra” muchas veces no es sinónimo de integridad, sino de tozudez. Cambiar de opinión puede mostrar flexibilidad y adaptación a la realidad; negarse a variar el punto de vista personal, cuando sería lo más realista, sólo es síntoma de rigidez. Otra cosa es que debamos mantener ciertos compromisos, tales como acuerdos comerciales, contratos y otros por el estilo.

VII. DERECHO A PEDIR LO QUE NECESITAMOS. Ya se trate de información, de ayuda o de que se reconozcan nuestros derechos. Y la manera más clara, franca y productiva de hacerlo es manifestando nuestra petición directamente. Un ama de casa, por ejemplo, en lugar de manifestar claramente a su marido su deseo de salir el sábado por la noche, insiste repetidamente en que él debe disfrutar de una noche de descanso fuera de casa, aunque tal vez lo que más desea el esposo es descansar en casa después de una dura semana de trabajo. Utilizando esta maniobra, la mujer no se está comportando de manera asertiva, ya que no hace su petición de manera directa; no manifiesta claramente lo que desea y siente. Utilizar la artimaña de forzar al otro a que manifieste que desea hacer justamente lo que nosotros queremos, puede, a la larga, dañar seriamente nuestra relación.
Tenemos derecho a pedir información cuando no tenemos algo claro, incluso recabando una segunda opinión. Tendemos a convertir en asimétricas muchas de nuestras relaciones con profesionales tales como los médicos, abogados o figuras de reconocido prestigio social. Ellos, a su vez, están acostumbrados a que su opinión prevalezca siempre. Sin embargo, no debemos olvidar que, en la medida en que nosotros recabamos sus servicios, nos convertimos, en cierta manera, en sus patronos, por lo que, profesionalmente, están ellos a nuestro servicio y no al revés. Tenemos, pues todo el derecho a aclarar nuestras dudas respecto a sus servicios (por ejemplo en el caso de un tratamiento médico peligroso o de una intervención quirúrgica, tendremos derecho a que se nos informe de la existencia de tratamientos alternativos y preguntar directamente por ellos), teniendo siempre presente que ellos sólo son técnicos cualificados, pero que la decisión final, en cualquiera tema que nos ataña, nos corresponde exclusivamente a nosotros.
Tenemos derecho, en cualquier situación de nuestra vida, a pedir aclaración a nuestras deudas, sin temor a que los demás piensen que somos tontos. La opinión que los demás se pueden formar de nosotros es asunto exclusivo de ellos de ello, ya que no podemos influir personalmente en su modo de juzgarnos. Pero el pretender aparentar que estamos de acuerdo o que hemos entendido algo para nosotros permanece completamente oscuro, es un acto de deshonestidad con nosotros mismos.

VIII. EL DERECHO A NO HACER MÀS DE LO QUE HUMANAMENTE ERES CAPAZ DE HACER. Si bien es cierto es ideal poder ayudar a los demás, esta ayuda ha de estar en función a nuestras posibilidades no sólo materiales sino también físicas y emocionales. Cómo dice Albert Ellis, una pequeña dosis de egoísmo es necesario en el ser humano para salvaguardar su integridad y prevenir ser víctimas de manipulación de los demás.

IX. TENEMOS DERECHO A COMETER ERRORES. Por el hecho de ser humanos, todos somos falibles, es decir, nos equivocamos. Es imposible evitar cometer errores, y es absurdo exigir perfección en nosotros mismos o en los demás.
Conozco a una persona que padece úlcera de estómago, se come constantemente las uñas y manifiesta varios síntomas más, características del típico sujeto ansioso. Pues bien, pues bien cada vez que mi amigo va de compras o a comer a un restaurante, rara es la vez que no termina montando algún número o con un dependiente o con el camarero. Cuando trato de hacerle ver que sus enfados son desproporcionados, él trata de justificarse: “Es que yo soy muy perfeccionista y no soporto que la gente cometa errores”. Evidentemente, mi amigo aún no ha caído en la cuenta de que todos los habitantes de este planeta, incluido él, cometemos muchos errores. El día que deje de angustiarse demandando esa utópica perfección que aquí no existe, su úlcera comenzará a mejorar, y puede que deje de pensar en colocarse uñas postizas para mejorar el aspecto de sus manos; mientras continúe con sus exigencias perfeccionistas, sólo logrará fomentar su trastorno gástrico a base de enfados repetidos.
a. Por supuesto que el hecho de sabernos imperfectos falibles no es excusa para volvernos descuidados e indulgentes con nosotros mismos absolviéndonos continuamente de nuestros fallos. De lo errores conviene aprender para evitar caer en la mismas equivocaciones en el futuro. Muchas personas llegan a experimentar un angustioso sentimiento de culpabilidad por algunos de los errores que han podido cometer en su vida; si ese sentimiento es pasajero y sirve de estímulo para evitar, en el futuro, incurrir en el mismo tipo de conducta, bienvenida sea la culpa; pero si tan sólo es un sentimiento limitante y paralizador que deja estancado a quien lo experimenta en ese momento fatal de su vida, sin posibilidad de desarrollo, entonces tenemos que hablar de una culpabilidad neurótica, insana contra la que hay que luchar mediante el adecuado ejercicio del control de los pensamientos.
b. En resumen, no podemos olvidar que somos humanos y, por esencia, propensos a cometer errores. En relación a los posibles sentimientos de culpabilidad derivados de nuestra conducta errónea, debemos aprender a distinguir entre lo que son errores involuntarios, inevitables, y lo que son las conductas temerarias, de la que sí seremos responsables directamente.

X. DERECHO A SENTIRNOS BIEN CON NOSOTROS MISMOS. Aunque, como ya apuntábamos antes, muchas veces la educación recibida tiende a generar en nosotros sentimientos de inadecuación, humillación y carencia de valor, inadecuación, humillación y carencia de valor, al malinterpretar la máxima evangélica “quien se ensalce será humillado; quien se humille será ensalzado”. No se trata, desde luego, de ponernos por encima de nadie, pero tampoco de rebajarnos. La postura correcta sería, en este caso, reconocer nuestros propios talentos y limitaciones, aceptarnos a nosotros mismos tal como somos y esforzarnos por llegar a conseguir el ideal de conducta que cada uno se haya fijado.

a. Hablando de frases evangélicas, podemos volver a la ya citada en el tercer punto y transformarla en el sentido de que no podremos tratar a los demás con dignidad y respeto si no comenzamos por respetarnos a nosotros mismos.

martes, 13 de octubre de 2015

LA CENA DEL MAGO


Había una vez un mago que construyó una casa cerca de un pueblo grande y próspero. Un día invitó a toda la gente del pueblo a cenar en su casa.
-Antes de cenar –dijo-, tenemos algunos entretenimientos.
La idea agradó a todos y el mago hizo un show de primera clase, donde sacaba conejos de chisteras, banderas que aparecían en el aire y cosas que se convertían unas en otras. La gente estaba fascinada. El mago preguntó:
-¿Quieren cenar ahora o quieren más entretenimiento?
Todos pidieron más trucos pues nunca habían visto algo así. Así el mago se convirtió en una paloma, después en un halcón y después en un dragón. La gente enloquecía de excitación. Les preguntó nuevamente y pidieron más y más recibieron. Entonces les preguntó si querían comer y dijeron que sí. El mago entonces les hizo sentir que estaban comiendo distrayéndoles con cantidad de trucos a través de sus poderes. La cena imaginaria y los trucos continuaron toda la noche. Cuando estaba amaneciendo algunos dijeron:
-Debemos ir a trabajar.
Entonces hizo que imaginaran que iban a sus casas y se preparaban para ir a trabajar y realmente hacían sus actividades habituales. Y de este modo, siempre que alguien decía que tenía que hacer algo el mago le hacía pensar que lo hacía y después regresaba a la cena del mago.
Con el tiempo el mago había tejido tal encantamiento sobre la gente del pueblo que todos trabajaban para él mientras que creían que continuaban con sus vidas de siempre. Cuando se sentían inquietos él les hacía pensar que estaban nuevamente cenando en su casa y esto les daba placer y les hacía olvidar.

¿Y qué sucedió con el mago y la gente del pueblo? Esto no se puede decir; es algo de lo que no se puede hablar, porque él sigue ocupado en lo mismo, y casi toda la gente está aún bajo su hechizo.